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lunes, 1 de diciembre de 2014

DISFRUTAR SIN POSEER


No poseas, no te vuelvas un poseedor de personas ni de cosas; úsalas simplemente como un don del universo... y cuando están disponibles, ¡úsalas!; cuando no están disponibles, disfruta la libertad.

Cuando tengas algo, ¡disfrútalo!; cuando no lo tengas, disfruta no teniéndolo, eso también tiene su propia belleza...

Si tienes un palacio donde vivir ¡disfrútalo!; si no lo tienes, entonces disfruta una choza y la choza se vuelve un palacio.

Es el disfrutar lo que marca la diferencia; entonces, vive bajo un árbol y disfrútalo...no te pierdas el árbol y las flores y la libertad y los pájaros y el aire y el sol. Y cuando estás en un palacio, no te lo pierdas... disfruta el mármol y los candelabros.

Disfruta allí donde estés y no poseas nada. Nada nos pertenece.
Venimos al mundo con las manos vacías; y nos vamos del mundo, con las manos vacías.

El mundo es un don, así que disfrútalo mientras está allí. Y recuerda, el universo siempre te da lo que necesitas.

De "El Camino Abierto del Amor"- OSHO

martes, 13 de septiembre de 2011

APEGO Y DESAPEGO

Podemos darnos cuenta que tenemos apego cuando nos volvemos dependientes de algo, por ejemplo de la PC, de la telenovela, de la televisión, del móvil, de una persona, de una circunstancia, de un evento y lo  vemos como una necesidad, lo cual nos impide ser autónomos y  nos resistimos al cambio..
Si esto sucede en algún aspecto de tu vida, empieza a practicar el desapego con alguna pequeña cosa a la que te sientas vinculado y por un día haz como si no existiera ese apego. Conviértete en observador de ti mismo y analiza qué hábitos, qué rutinas te han llevado a esa conducta y así puedes empezar a conocer  lo que es importante cambiar  para dejar ese apego. Eso no quiere decir que  tengamos que dejar esa preferencia, lo que necesitamos cambiar es la dependencia. Cuando podemos ser felices con o sin eso, somos libres, autónomos, dejando de ser controlados por ese evento o persona, es allí cuando podemos decir que hemos recuperado nuestro poder.

jueves, 8 de enero de 2009

"UNA LLAMADA AL AMOR"


Así pues, mira, observa, examina, explora... y tu mente se hará viva, eliminará su “grasa” y se tornará perspicaz, despierta y activa. Los muros de tu prisión se desplomarán hasta que no quede piedra sobre piedra, y tú te verás agraciado con la visión nítida y sin obstáculos de las cosas tal como son, con la experiencia directa de la realidad.


Imagínate a una persona gordísima y grasienta. En algo así puede llegar a convertirse tu mente: en algo tan gordo y grasiento, tan pesado y lento, que sea incapaz de pensar, de observar, de explorar, de descubrir... Mira a tu alrededor y verás cómo la mayoría de las mentes están así: torpes dormidas, protegidas por “capas de grasa”, deseando no ser molestadas ni sacudidas de su modorra.

¿Qué son esas “capas de grasa”? Son tus creencias, las conclusiones a que has llegado acerca de personas y cosas, tus hábitos y tus apegos. Tus años de formación deberían haberte servido para eliminar esas “capas” y liberar tu mente. En cambio, tu sociedad y tu cultura, que han recubierto tu mente con dichas adiposidades, te han enseñado a no verlas siquiera, a refugiarte en el sueño y a dejar que otras personas -los expertos: los dirigentes políticos, culturales, religiosos- piensen por ti. De ese modo, han conseguido abrumarte con el peso de una autoridad y una tradición intangibles e incontestables.

Veamos esas “capas” una por una.

La primera son tus creencias. Si tu manera de vivir viene determinada por tu condición de comunista o de capitalista , de musulmán o de judío, estarás experimentando la vida de un modo parcial y sesgado; hay entre tu y la realidad una barrera, una “capa de grasa” que te impide ver y tocar directamente dicha realidad.

La segunda “capa” la constituyen tus ideas. Si te aferras a una idea acerca de alguna persona, entonces ya no amas a esa persona, sino que amas tu idea acerca de ella. Cuando la ves hacer o decir algo, o comportarse de una determinada manera, le pones una etiqueta: “es tonta”, ”es torpe”, “es cruel”, ”es simpática”... Y entonces ya has puesto una pantalla, una “capa de grasa” entre tu y esa persona; y cuando vuelvas a encontrarte con ella, la verás en función de esa idea que te has formado aun cuando ella haya cambiado. Observa cómo es precisamente esto lo que has hecho con casi todas las personas que conoces.

La tercera “capa” son los hábitos. El hábito o la costumbre es algo esencial en la vida humana. No podríamos caminar, hablar o conducir un auto si no tuviéramos el hábito de hacerlo. Pero los hábitos deben limitarse al ámbito de las cosas “mecánicas”, y no deberían invadir los terrenos del amor o de la visión. A nadie le gusta ser amado “por costumbre”. ¿No te has sentado nunca a la orilla del mar, hechizado por la majestad y el misterio del océano? El pescador mira todos los días el océano sin caer en la cuenta de su grandeza. ¿Por qué? Por el efecto embotador de una “capa de grasa”, llamada “hábito”.
Te has formado una idea estereotipada acerca de todas las cosas que ves y, cuando tropiezas con ellas, no eres capaz de verlas en toda su cambiante novedad y frescor; lo único que ves es la misma idea insípida, espesa y aburrida que te has habituado a tener de ellas. Y así es como tratas y te relacionas con las personas y las cosas; sin frescor ni novedad de ningún tipo, sino de esa forma torpe y rutinaria generada por la costumbre. Eres incapaz de mirar de una manera más creativa, porque, al haber adquirido el hábito de tratar con el mundo y con la gente, puedes activar el “piloto automático” de tu mente e irte a dormir.

La cuarta “capa” formada por tus apegos y tus miedos, es la más fácil de ver. Recubre con una espesa capa de apego o de miedo (y de aversión, por consiguiente) cualquier cosa o persona, y en ese mismo instante dejarás de ver a esa persona o cosa como realmente es. Y para comprobar cuán cierto es esto, basta con que recuerdes a algunas de las personas que te desagradan o temes, o las que te sientes apegado.

¿Ves ahora hasta qué punto estás encerrado en una prisión creada por las creencias y tradiciones de tu sociedad y tu cultura y por las ideas, prejuicios, apegos y miedos producidos por tus experiencias pasadas? Hay una serie de muros que rodean tu prisión, de forma que te resulta casi imposible evadirte de ella y entrar en contacto con toda la riqueza de vida y de amor que hay en el exterior. Y, sin embargo, lejos de ser imposible, es realmente fácil y grato.

¿Qué hay que hacer? Cuatro cosas:

Primera
: reconocer que estás encerrado entre los muros de una prisión y que tu mente se ha quedado dormida. A la mayoría de las personas ni siquiera se les ocurre verlo, por lo que viven o mueren “encarceladas“. Y la mayoría también acaba siendo conformista y adaptándose a la vida de dicha prisión. Algunos salen “reformadores” y luchan por unas mejores condiciones de vida en la prisión: una mejor iluminación, una mejor ventilación... y casi nadie se decide a ser un rebelde, un revolucionario que eche abajo los muros de la prisión.
Sólo podrás ser revolucionario cuando consigas ver, antes que nada, dichos muros.

Segunda: contempla los muros; emplea horas enteras simplemente en observar tus ideas, tus hábitos, tus apegos y tus miedos, sin emitir juicio ni condena de ningún tipo. Limítate a mirarlos, y se derrumbarán.

Tercera: emplea también algún tiempo en observar las cosas y personas que te rodean. Mira, como si lo hicieras por primera vez, el rostro de un amigo, una hoja, un árbol, el vuelo de un pájaro, el comportamiento y las peculiaridades de las personas que te rodean.... Mira todas esas cosas de veras, y seguro que habrás de verlas tal como son en realidad, sin el efecto embotador y deformante de tus ideas y hábitos.

Cuarta (y más importante): siéntate tranquilamente y observa cómo funciona tu mente, de la que brota sin cesar un flujo de pensamientos, sensaciones y reacciones. Dedica largos ratos a observarlo todo ello del mismo modo en que contemplas un río o una película. No tardarás mucho tiempo en descubrir que es aún más interesante, vivificante y liberador. Después de todo, ¿acaso puedes afirmar que estás vivo si ni siquiera eres consciente de tus propios pensamientos y reacciones? Se dice que la vida inconsciente no merece ser vivida. Podría afirmarse que ni siquiera puede ser llamada “vida”, porque es una existencia mecánica, de “robot”, porque se parece más al sueño, a la falta del sentido, a la muerte... Y, sin embargo, es esto lo que la gente llama “vida humana”.

Así pues, mira, observa, examina, explora... y tu mente se hará viva, eliminará su “grasa” y se tornará perspicaz, despierta y activa. Los muros de tu prisión se desplomarán hasta que no quede piedra sobre piedra, y tú te verás agraciado con la visión nítida y sin obstáculos de las cosas tal como son, con la experiencia directa de la realidad.

Autor: Anthony Mello

(Ver otras entradas sobre La ley de atracción y el amor en setiembre 2009)

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